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Conchita Viera: “Ya por lo menos tienen justicia, verdad y reparación, que era lo que pretendíamos”

Conchita Viera: “Ya por lo menos tienen justicia, verdad y reparación, que era lo que pretendíamos”

LA HIJA DEL ALCALDE REPUBLICANO DE VALENCIA DE ALCÁNTARA ASESINADO POR EL FRANQUISMO CUENTA LA LUCHA QUE HA SUPUESTO CONSEGUIR LA EXHUMACION DE LA MINA TERRÍA

A su espalda cargan muchos escritos y réplicas de las que no fatigan. Conchita Viera (Valencia de Alcántara, 1933) es una persona luchadora e inconformista, adjetivos que le han llevado a conseguir algo por lo que lleva toda una vida luchando. Nos recibe en su casa, una vivienda ingente repleta de fotos familiares que vierten lo mucho que suponen los recuerdos para ella. Pero lo hace ya tranquila, calmada y especialmente agradecida. Tras 81 años rogando, al fin se ha exhumado los restos de su padre, el alcalde republicano de Valencia de Alcántara que, junto a otros tantos, fue fusilado el 25 de septiembre de 1936 en la mina de Terría.

– Conchita Viera, hija de Amado Viera…

 – Amado Viera Amores. Era abogado y fue alcalde durante la Segunda República Española. Aunque por poco tiempo, luego ya llegó el alzamiento nacional y dejó su cargo. Lo avisaron y dejó su cargo tranquilamente. Después lo llamaron de la policía, estuvo detenido dos veces sin cargos, porque no tenían motivos. Hasta que el 25 de septiembre lo sacaron y se lo llevaron de nuevo supuestamente a la policía. Un hermano de mi madre preguntó que a dónde lo llevaban y le dijeron que a Cáceres, pero luego no fue a Cáceres… Sino a la mina de Terría. Mi padre fue un hombre muy tranquilo. No le gustaba la violencia y ese es el mensaje que compartía con todos los trabajadores, todos los que luchaban por esto. Fue cofundador de la casa del pueblo, y allí cuando estaban un poco alterados, mi padre les hablaba, les calmaba, etc.

 – Es decir, que a pesar de que era alcalde republicano no era una persona políticamente activa.

 – No. Tan solo era político a nivel local porque quería que toda esa gente que veía que estaba necesitada, se le atendiera; que tuviera otro nivel de vida. Y eso es por lo que luchaba él, nada más. 

 – Usted era muy pequeña. Los recuerdos serán muy vagos…

 – Yo tenía tres años; mi hermano, ocho. Físicamente no recuerdo nada de él.

 

“Teníamos una casa que mi padre había comprado con toda la legalidad, 

mandamos el recado de que la necesitábamos y dijeron que 

la casa era de Franco. Y con ella se quedaron años y años.”

 

 – Supongo que los peores años vinieron después, con la posguerra y cuando tomó constancia de lo que había pasado…

 – Después de cometer el crimen nos impusieron el silencio. No se podía hablar ni en casa siquiera porque había un terror enorme. Calla, cierra la puerta y que no se oiga. Después de todo lo que nos hicieron mi madre temía… Incluso por las palabras que soltaban, diciendo que a estos hay que cortarles la semilla como la mala hierba, de raíz. Todo eso amedrentaba. El miedo era feroz, era grande. Y así fuimos creciendo en esa angustia, en ese llanto de mi madre; porque siempre es lo que tuvo, llanto. Siempre preguntándose por qué. Mi hermano siempre estaba a su lado, él sí recordaba mucho más que yo. Y no solamente fue el crimen sino lo que nos vino encima después. Una manera de atropellos, de hacer mal… Tuvimos que deshacer una casa donde vivíamos de alquiler porque se presentó el hijo de la dueña de la casa y dijo que venían del tercio. Le apuntó a un hermano de mi madre, y no se le ponía nada por delante. La tuvimos que deshacer aquella noche y nos tuvimos que ir a casa de mis tíos, hermanos de mi madre, y allí nos refugiamos. Teníamos una casa que mi padre había comprado con toda la legalidad, mandamos el recado de que la necesitábamos y dijeron que la casa era de Franco. Y con ella se quedaron años y años. 

 – Y desde entonces hasta ahora, toda una vida luchando por conseguir esa exhumación.

 – Pues luchando cuando yo he podido. Cayó en mis manos un libro del catedrático Julián Chávez donde precisamente hacía una recopilación de todos estos crímenes y nombraba la mina de Terría, donde decía que estaba mi padre entre todos los que estaban. Por eso supe donde estaba mi padre. Mi hermano no hablaba mucho de esto. Creo que como era mayor por protegerme, como le pasó a mi madre, que nos tenía siempre a su lado. Una vez que se fue mi hermano a estudiar a Madrid, siempre con ese temor, tú callate, tú no hables. Él tenía que saber más que yo pero que por protegerme a mí  no hablaba y fue por este catedrático por el que supe yo.

 – ¿Fue a raíz de la publicación de este libro cuando más se suplicó la exhumación de la mina?

 – Este señor tenía un interés grandísimo porque es el que ha dado a conocer muchísimo. Cuando me enteré lo llamé por teléfono y me concedió una entrevista, y con todo el cariño del mundo se portó fenomenal. Luego ya me derivó a la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica en Extremadura, con su presidente José Manuel Corbaho. Después han pasado por aquí muchas etapas que se ha podido hacer… A mí me hablan de la Transición, y para mí qué ha sido la Transición: nada. Nada porque hasta al cabo de tantos años no he conseguido esto. Cuando ellos lo han podido conseguir a nivel nacional y a nivel local, porque han estado muchos años gobernando y lo han podido hacer, y no lo han hecho. Esto se ha conseguido entre el alcalde, que ha sabido dar la cara por un compañero y ha tenido esa delicadeza y ese amor propio y sentido de lo que es una cosa humana, y con la Diputación de Cáceres. Y ya por lo menos tienen justicia, verdad y reparación, que era lo que pretendíamos

 

“A mí me hablan de la Transición, y para mí qué ha sido la Transición: nada. 

Nada porque hasta al cabo de tantos años no he conseguido esto.”

 

 – ¿Pudo ir a la exhumación?

 – No, no he ido. Estuve el viernes, que ya habían sacado todos los restos y la arqueóloga estuvo dando detalles de cómo ha sido todo el proceso. Yo ya había ido antes, me había acompañado un abogado cuando aún estaba cerrada, por saber el lugar donde era. Dijimos unas palabras y nada más, porque ya no fui siquiera a donde están recogidos. Para mí ha sido tan duro…

 – Muchos sentimientos encontrados, entiendo.

 – Sobre todo alegría porque han dejado aquello, han dejado su silencio, un silencio grande el que han tenido. Han tenido la verdad, han tenido la justicia que no tuvieron nunca, y reparación, porque esto ya es una reparación. El que hayan llegado a esto para mí ha sido una cosa grande.

 – ¿Cuántos años pidiéndolo?

 – Creo que desde 2004 o algo así. Muchos años escribiendo y contestando. Yo no me he callado, por supuesto. No tengo ningún motivo para callarme, al contrario. Tengo una alegría grandísima y una referencia de mi padre de lo mejor de lo mejor. Para mí es un orgullo, y yo no puedo estar callada porque esto fue una injusticia grande. Y ahora es un alivio grande. Ahora esperaremos a ver qué hacen y lo que pueden sacar, si el ADN o en fin… Porque se tenía una relación de veintitantos y han aparecido 48. Y me decía Julián , el catedrático, que puede ser que una vez que vayan encajando lleguen a los 50. Que puede haber gente de todos sitios… Y yo no me lo explico. Solamente con ver aquel rectángulo, todas aquellas personas allí, a casi 30 metros de profundidad… Solo el pensar el cómo y cuándo… A mí me han contado que mi padre les hablaba queriéndoles convencer de que no hicieran esas acciones y demás, y que tuvieron que llamar a un pastor que había por allí porque uno de los policías que había aquí, que era de Herrera,  que se fue y no quiso participar.

 

“Y me han comentado eso del pastor, de que no pudieron porque 

quiso convencerlos y hablarles. Por todo eso, el día que estuve 

fue una película para mí que la tengo siempre en mente.”

 

 – Entonces, ¿ha conocido a testigos directos?

 – Sí pero entonces no lo sabía. Vamos, de ese policía tengo pocos recuerdos. Gente de Santiago me han dicho que efectivamente fue allí. Pensando en personas mayores que hubiera y recordasen, me fui a Herrera y estuve hablando con un señor que me dijo que no lo había presenciado pero que, como entonces venían y lo largaban todo en las tabernas, te hacen tener idea. Y me han comentado eso del pastor, de que no pudieron porque él tenía un don de palabra grande, porque era un hombre muy inteligente y valía mucho, y quiso convencerlos y hablarles. Por todo eso, el día que estuve fue una película para mí que la tengo siempre en mente. Mi padre no había hecho nada. Cuando hemos empezado a alternar con los amigos y jamás hemos tenido un desaire, por algo sería. Él solo quería proteger al trabajador, al que lo necesitaba.

 – ¿Usted es religiosa, Conchita?

 – Bueno, yo creo en algo. Estaba en el colegio de las monjas, y mi padre tendría su fe como la tengo yo. Pero en lo que no creo es en quienes la practican porque me han dado una lección muy mala. Desde dentro de la Iglesia jamás he oído rezar un Padrenuestro por ellos, y eran también seres humanos e hijos de Dios. Pero se valen en que han actuado con la mano de Dios, y no. Yo a misa no voy, por supuesto. Creo en algo pero vamos… No. No hablo mal pero mis motivos tengo porque jamás he oído un Padrenuestro por estas víctimas, porque eran víctimas también e hijos de Dios. Es una sociedad, y ahí los hay buenos, malos y regulares, pero unos son mártires y otros no. Qué hacía un pobre hombre de estos de la campiña, qué podría decir esa persona si ni tenía formación… Y dieron mano abierta para favorecerse ellos.

 – Y si identifican los cuerpos, ¿cómo se les va a dar entierro?

 – Yo ya lo he dicho, si quieren hacer un monumento porque lo merecen, una cosa que diga, ahí está, se acabó el silencio, con los nombres de todos, adelante. Yo lo enterraría con mi madre, pero si no, han estado 81 años juntos, 81 años todos juntos que estuvieran.

Sobre el autor

Esmeralda Torres

Periodista, extremeña. Amante de lo rural y de las historias callejeras.

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