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Contrabando, supervivencia en Oliva de la Frontera

Contrabando, supervivencia en Oliva de la Frontera

LA LOCALIDAD ES LA ÚNICA QUE RINDE TRIBUTO A ESTE ACTO ILÍCITO, QUE PERMITIÓ LA SUBSISTENCIA DE LOS VECINOS DURANTE LA POSGUERRA

‘Mucho miedo y poco pan’ puede ser el dicho más pronunciado durante los tiempos de posguerra en España. Y es que finalizada la Guerra Civil no solo hubo vencedores y vencidos, también temor, hambre y escasez. Una pobreza a la que, especialmente en la Raya, se le intentó plantar cara con la ayuda de la vecina Portugal y el contrabando, el acto ilícito que los oliveros homenajean a través de un monumento, el único del país en honor a esta práctica.

Uno de los cronistas oficiales de Oliva de la Frontera, Antonio Valero, habla de la época como “los años del hambre” y del contrabando como “una manera de subsistir”. En tiempos donde faltaron muchas figuras paternales y la mujer no tenía ni voz y apenas voto, la cuesta de enero se elevaba al resto de meses del año, y con una población de casi 14.000 habitantes, la mayoría de ellos sin tierras, “encontraron en el contrabando la forma de que sus familias no murieran de hambre”.

Cuartel de Lanzarote en Campo Oliva. Foto: Antonio Valero.

Esta práctica, consistente en la importación o exportación de mercancías sin pagar los derechos de aduana a los que la dictadura sometía, se convirtió así en una auténtica actividad económica y social para los vecinos de la Raya. Fue el caso de Oliva de la Frontera, vecina separada por una frontera de Barrancos. Valero cuenta que elegían la noche para evitar ser descubiertos y discurrían por Campo Oliva a través. “Tras pasar la ribera Ardila, frontera natural entre España y Portugal, se dirigían a recoger la mercancía en los cortijos y viviendas de Barrancos. Y después tenían que regresar a Oliva, con cuidado de no ser atrapados por los guardinhas y guardias civiles”.

El cronista recuerda la importancia de Campo Oliva y sus 10.300 hectáreas que abrazan a la localidad por el oeste. “En ella se encontraban repartidos tres cuarteles, que fueron primero ocupados por los carabineros y después por la Guardia Civil y desde donde se vigilaba la frontera con Portugal”, explica. De ahí, que los contrabandistas huían de rutas que transitaban cerca de estos puntos, e incluso de chozos desde donde vigilaban algunos perros “para evitar sus ladridos y que los pudiesen delatar”.

Vista desde una choza de Campo Oliva. Foto: Antonio Valero.

‘Los mochileros’

El perfil masculino era el más común en el contrabando, pero también se dedicaban mujeres e incluso niños. “Aunque había gente más dedicada, muchos oliveros y oliveras, debido a la difícil situación económica, en algún período de su vida fueron al contrabando”, añade.

El contrabando se consideró una auténtica práctica de subsistencia para muchas familias. Un motivo por lo que el Ayuntamiento de Oliva de la Frontera decidió dedicarle un homenaje en forma de escultura, la del Monumento a los Contrabandistas que asoma en la calle San Pedro. En él se puede ver a dos hombres en alpargatas y con mochilas a su espalda, y uno de ellos con una pequeña bolsa en la mano. Era lo que llamaban ‘salvavidas’, con el que se quedaban si veían a algún guardia y tenían que echar a correr después de tirar el saco con mayor peso.

“Popularmente se conoce como Los mochileros”, resalta el hombre. Era el apodo por el que se conocía a las personas que se dedicaban a traspasar productos a su espalda. Rozaban los 40 kilos aunque fueron muchos los que alcanzaron el medio centenar, y aunque habitualmente se trataba de café, pan o jabón, también se traficó con tabaco y piedras de mechero.

En sus memorias, el club de senderismo de Oliva de la Frontera adoptó este apelativo con intención de agradecimiento al verdadero acto de supervivencia de toda una localidad.

Sobre el autor

Esmeralda Torres

Periodista, extremeña. Amante de lo rural y de las historias callejeras.

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