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El refugio del teniente Seixas

El refugio del teniente Seixas

EL OFICIAL DE LA GUARDIA FISCAL PORTUGUESA MANIOBRÓ ANTE LAS AUTORIDADES DE SU PAÍS PARA SALVAR DE LA MUERTE A UN MILLAR DE REPUBLICANOS EXTREMEÑOS

“Creo que no hice más que lo que me dictaba el deber. Usted, estoy seguro, hubiera hecho lo que yo […] O, ¿hubiera dejado que mataran a esas pobres criaturas?”. Estas son las declaraciones que reconstruyen el dialogo entre un capitán de la Guardia fiscal portuguesa y el teniente Seixas, de camino a Elvas, donde éste sería castigado. Ni el mismísimo Salazar quiso perderse la imposición de la pena al oficial que había maniobrado desde la frontera de Coitadinhas para salvar de la muerte a un millar de republicanos extremeños.

Antonio Augusto de Seixas Araújo (Montealegre, 1981-Sines, 1958) era un oficial experto en aduanas. “Antes había trabajado en la zona del Minho y en el Alentejo, pero cuando estalló la Guerra Civil española se encontraba al mando de la Guardia fiscal de Sáfara”, cuenta el cronista oficial de Oliva de la Frontera, Antonio Vellarino. Él mismo recuerda que la localidad pacense no cayó hasta el 21 de septiembre de 1936, más de un mes después de que Badajoz cayera en manos de los nacionales, convirtiéndose en refugio de todos los que conseguían escapar del avance del Ejército de África. “Al correrse el rumor de que estaban ejecutando a todas aquellas personas afiliadas a sindicatos o simplemente por tener una ideología de izquierdas, trataron de buscar refugio en Portugal”. Un anhelo que no iba a ser fácil pues el Gobierno luso “quería evitar el contagio de las ideas republicanas a su población” y especialmente por su ideología, “más en la línea de las tropas franquistas”.

Para impedirlo, la cabeza del régimen portugués, Antonio de Oliveira Salazar, alertó a su cuerpo de seguridad de su deseo de que ningún republicano cruzase a Portugal. El teniente Seixas era el encargado de cumplir su objetivo en la frontera con Huelva y Badajoz. Ubicado en la Hacienda Coitadinha, a unas 15 leguas de Oliva de la Frontera, el oficial vio desde su cortijo como al día siguiente de la toma de este pueblo rayano un grupo de refugiados se concentraba en los alrededores del río Ardila. Habían llegado hasta allí por la ruta que tradicionalmente habían transitado los contrabandistas, y el comandante de la región militar le había nombrado responsable del campo de reclusión que el Gobierno portugués había autorizado. Se les permitía libertad de movimiento por el terreno acotado y se les garantizaba el agua, mientras que la comida corría a cargo de los vecinos de Barrancos, aldea distante a unos 10 kilómetros de la frontera que voluntariamente había ofrecido su ayuda.

Había hombres, pero también mujeres y niños. Y cada vez eran más. “Era un aluvión de gente dispuesta a cruzar la frontera”, afirma el cronista. Una muchedumbre que tuvo que soportar tiroteos de grupos de falangistas desde la margen española del río, una situación que derivó en el Comité Internacional de No Intervención y que acordó evacuar a los refugiados de la hacienda para evitar el bombardeo en suelo portugués. “El día siguiente a la toma de Oliva de la Frontera pasaron 294 vecinos de aquí, de Jerez de los Caballeros más de 300 y de Villanueva y otros pueblos cercanos otros tantos”.

Vellarino detalla que Portugal autorizó la entrada hasta 25 metros desde la frontera, “pero para evitar que los perseguidores los alcanzase, el teniente les permitió entrar hasta 300 metros territorio adentro”. Bajo su responsabilidad, al igual que la habilitación de un segundo campo de refugiados clandestino en la Hacienda Russianas.

Castigo y reconocimiento

La situación pronto afloró. Concretamente en octubre, cuando el Comité Internacional de No Intervención consiguió que se evacuaran a los refugiados oficiales de Coitadinha para llevarlos en un primer momento a Moura y posteriormente a Lisboa y se descubrió un hecho inédito a lo largo de toda la Guerra Civil: la traición del teniente Seixas al Gobierno portugués. “Todo esto llegó a Salazar y tuvo que dar explicaciones y presentar una serie de informes que no fueron aceptados por completo, lo que le supuso unas complicaciones”.

El teniente Seixas fue castigado a 60 días de suspensión en el Forte de Elvas y una jubilación forzosa “porque sus explicaciones no satisficieron al Gobierno portugués”. Y es que mientras que las autoridades lusas manejaban una cifra de 600 refugiados oficiales en Coitadinha, la cifra ascendía a más de mil personas. “Él mismo contrató camiones para trasladar a los clandestinos hasta Moura, e incluso él y su hijo condujeron algunos de estos camiones”.

“Fue represaliado por su actitud humanitaria ejemplar”, continúa el hombre, que define a Seixas como una persona que se dejó influenciar por el dolor y sufrimiento que sintieron los extremeños que huían de una muerte segura. “También el pueblo de Barrancos, que tuvo un comportamiento ejemplar”, añade, destacando el sacrificio de sus vecinos, que consiguieron recursos para abastecer a estos refugiados de su pobre economía.

Seixas pasó a la historia por su comportamiento, infiel para algunos y heroico para otros (muchos), convirtiéndose en una leyenda de Oliva de la Frontera. De ahí, que la localidad pacense le dedicase un monumento en el año 2010. “Es una mano abierta sobre un montón de rocas, simulando el paso del río Ardila y el reconocimiento a la labor del teniente Seixas”, apunta Seixas. “Una labor encomiable”, concluye emocionado.

Sobre el autor

Esmeralda Torres

Periodista, extremeña. Amante de lo rural y de las historias callejeras.

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