Menú

Gabriel Moreno: “Tenemos una identidad bastante definida como zona de frontera y como zona abandonada tradicionalmente por el poder político”

Gabriel Moreno: “Tenemos una identidad bastante definida como zona de frontera y como zona abandonada tradicionalmente por el poder político”

TRAS VARIOS LIBROS Y ESTUDIOS DE DERECHO CONSTITUCIONAL, EL AUTOR VALENCIANO PUBLICA SU PRIMERA OBRA LITERARIA ‘BAJO EL MISMO SOL’, UNA RELACIÓN DE RELATOS VINCULADOS A LA RAYA

A pesar de residir en la Valencia del Mediterráneo, Gabriel Moreno no olvida que sus raíces parten de Valencia de Alcántara y de La Raya. Tras estudiar Derecho en la Universidad de Extremadura, se desplazó a Madrid para estudiar un máster y comenzar una tesis, cuyo director le emplazó en la Universitat de València. Allí compagina su doctorado en Derechos Humanos y Democracia con clases de Derecho Constitucional, y algunos -pocos- ratos libres que ha compaginado con la redacción de ‘Bajo el mismo sol’, una relación de relatos vinculados a La Raya.

Tras mucho tiempo rondándole las ganas, llegó la oportunidad. Una editorial marcaba el teléfono de Gabriel para proponerle la redacción de una obra literaria. Él no dudó y dio forma a 23 relatos, la mayoría dedicados a La Raya. Cuando le preguntan por qué, no duda. “Tenemos una identidad bastante definida como zona de frontera y como zona abandonada tradicionalmente por el poder político”, apunta. “Y eso hay que darlo a conocer porque precisamente ese abandono hace que no aparezcamos ni en los medios de comunicación ni que tengamos referencias en la vida pública”.

Así tomó forma un conjunto de relatos que verá la luz en verano y del que asoma tímidamente uno desde la imprenta, el que protagoniza Catarina Eufemia, una campesina asesinada por la GNR durante el régimen de Salazar y “uno de los símbolos de la crueldad de la dictadura”.

Mientras que Gabriel abre hueco en su apretada agenda para la presentación de esta obra, ya piensa en escribir otro título. “Literario”, puntualiza. “Cuando termine el doctorado espero poder escribir una novela, que por supuesto que tendrá vínculo con La Raya”, asevera. Mientras, queda deleitarse con estas reivindicativas líneas sobre la vida en la frontera.

El primer relato del libro se titula: CHAMAVA-SE CATARINA

Catarina Eufemia fue una campesina asesinada por la GNR durante la dictadura de Salazar, uno de los símbolos de la crueldad de la dictadura. Zeca Afonso le dedicó esta canción: 

 

Único retrato que se conserva de Catarina

 

 

La sangre brota del costado. Los ojos oscuros, como si no sintieran dolor alguno, miran al bebé en sus brazos, manchado de sangre. La sangre que le dio vida hoy la muerte recuerda. Catarina es solo ojos. Quienes silenciosos la rodean, en sus últimos estertores, no se fijan siquiera en el líquido rojo que empieza a desprenderse por el trigo amarillo; no se fijan, tampoco, en el llanto del niño, que aferra sus manitas al vestido de su madre. Sólo ven esos ojos oscuros que preguntan por qué con tristeza, que no comprenden cómo la sangre se confunde con el amarillo del Alentejo. Ficou vermelha a campina, do sangue que entao brotou….

……….

Era tiempo de siega. El verano se había adelantado y el calor parecía bañar las suaves lomas amarillas de trigo, salpicadas por pequeñas encinas y alcornoques que se retorcían sobre sí mismos, anticipando las largas canículas del estío. La aldea, con sus casas bajas y claras ribeteadas de albero, apenas se distinguía del campo que la abrazaba si no fuera por la iglesia, también blanca, cuya pequeña torre sobresalía intentando asomarse a la monotonía. Pero el silencio abrumador, que durante siglos había impregnado cada calle y ahogado el canto de los pájaros, era aquel día un extraño visitante. Su reinado ahora se reducía a unos pocos descansos, los que le dejaban las voces profundas de los hombres que, por primera vez, recorrían todas las calles, esquinas y tejados, esparciéndose por el los infinitos campos…bramando contra un cansancio de siglos.

Cuando, tras la siega y el duro trabajo en la tierra, los labradores regresaban a casa o a la pequeña y no menos humilde cantina, intentaban en ocasiones con su cantar romper el silencio de los infinitos campos que los envolvían. Un sonido atávico, lusitano, surgía entonces de aquellas bocas quemadas por el sol, de aquellos labios rotos por el yugo del esfuerzo, que hablaban de madres, de pasados mejores, de amores perdidos. El cante alentejano parecía entonces encadenar a los rudos hombres de la tierra portuguesa con la plegaria de lo eterno, del eterno existir, que sobrevuela todo monasterio convertido en aldea. Y era esa plegaria, eran esas voces, las que ahora inundaban poco a poco de sonido las calles, las esquinas y los tejados, subiendo de escala y tono, extendiendo las frases en la extraña solemnidad de toda monotonía interrumpida. Los hombres discutían, y discutían en la calle, a la vista de todo un pueblo expectante desde las puertas adinteladas con albero. El cante alentejano se había convertido en sentencias broncas, en bravuconadas malsonantes que hablaban de salarios, de justicia, de pan y tierra. No podían más. El mísero sustento que los patrones les daban no podía dar de comer a los hijos, no podía siquiera servir para que los labradores mismos comieran. Ya estaba bien, ya estaba bien de soportar que otros se llevaran el fruto del trabajo por el único motivo de que alguno de sus antepasados, de espada larga y mostacho, hubiera dado un

mandoblazo a algún moro en tiempos del Rey Alfonso Enríquez. Ellos eran los que labraban la tierra con sus manos, decían. Nosotros somos los que hacemos rico al patrón que no trabaja. Pero entonces, la palabra temida, las letras amenazantes, surgían de alguna boca morena y tímida: GNR. Los labradores se callaban, se callaron: el silencio secular volvió a recorrer las calles exigiendo un respeto recién quebrado. Instintivamente, y desde las puertas y zaguanes, las mujeres envolvieron con sus duras manos las caras de los niños.

Ella, la joven morena de ojos bizantinos con su bebé en brazos, se acercó altiva a los hombres, quienes fruncieron el ceño. Si no vais vosotros, iremos nosotras, les espetó. Y fruncieron aún más el ceño.

Treces mujeres y ella, Catarina, con su bebé, salieron de la aldea con paso firme hacia la hacienda del patrón. Un aumento del jornal imploraron al capataz, señalando a sus pequeños hijos, que se escondían tras los vestidos de las madres. El administrador cejijunto cerró la puerta, insultándolas. Pero ellas no se amedrentaron. Catarina, mirando a sus compañeras, volvió a llamar a la puerta. De allí no se irían hasta escuchar, siquiera, alguna respuesta. Y la respuesta vino al tiempo desde la lejanía y en forma de polvo levantado que indicaba visita motorizada. La GNR se acercaba. Y se acercaron. Catarina les habló: sólo queremos trabajo y pan…poder darles de comer a nuestros hijos. La joven, de la efusión de sus palabras humedecidas por diminutas lágrimas de angustia, provocó que el bebé sollozara. Trabajo y pan, pedía. Y una bofetada del teniente recibió entre lágrimas. Desde el suelo, protegiendo al hijo con sus brazos y manos, Catarina lloró y clamó: ahora, máteme. Porque es lo que les quedaba a las labradoras, que las matasen las balas o el duro trabajo. Y el teniente, el que todos llamaban Carrajola, desenfundó escupiendo tres balas que entraron en el cuerpo de lágrimas, en el cuerpo bello y joven de Catarina, para matarla. El bebé lloraba y ella, sólo ojos negros, miraba con extraña atención cómo su sangre se confundía con el amarillo del Alentejo, en el albero de los eternos campos de mi tierra olvidada y castigada.

Ficou vermelha a campina, do sangue que entao brotou….

Por Gabriel Moreno.

Sobre el autor

Esmeralda Torres

Periodista, extremeña. Amante de lo rural y de las historias callejeras.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cuatro − 1 =