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La era dorada de Valencia de Alcántara

La era dorada de Valencia de Alcántara

LA LOCALIDAD LLEGÓ A TENER CUATRO SALAS DE CINE DE MANERA SIMULTÁNEA GRACIAS AL ELEVADO CONSUMO DE SUS HABITANTES

De forma prácticamente instintiva, el inconsciente asocia la palabra cine con Hollywood. Menos en Extremadura, que se relaciona con Valencia de Alcántara. Mientras que en Los Ángeles, allá por principios del siglo XX, crecía un innovador negocio que conjugaba la comunicación y la información con el entretenimiento, esta localidad rayana abría sus brazos para acoger una de las modas más innovadoras y punteras que exportaba América. Un ahínco que consiguió, hace cincuenta años, cumplir el sueño de cualquier ciudad: consolidar una tradición cinéfila que llegó a mantener hasta cuatro cines al mismo tiempo.

“La afición que había en Valencia de Alcántara por el cine era impresionante. Yo creo que se justifica porque desde el principio, desde que se inventó, hubo cine y nunca dejó de haberlo”. Esta es la justificación que le da el investigador y antiguo exhibidor de cine, Tomás Berrocal. Él mismo ha indagado en la historia del séptimo arte en este municipio cacereño, y él mismo se sorprendió cómo alrededor de 1920 llegó aquel zoopraxiscope. Por entonces no existían las salas de cine. Algunos casinos, como el valenciano Real Casino de Artesanos, alquilaban un proyector y pagaban los derechos a una distribuidora para exhibirlos en espacios que poco -o nada- tenían que ver con los actuales. “Tampoco existían las películas como tal. Existían pequeños cortos, de unos cinco o diez minutos”, anota Berrocal.

Teatro Luis Rivera con el primer proyector sonoro, año 1934. Foto: Cedida por Tomás Berrocal.

Como toda tecnología, el cine pronto sufrió una adaptación. Y con él, el hábito cinéfilo que comenzaba a germinar en Valencia de Alcántara. “El cine sonoro llegó en los años treinta, y en 1934 se puso la primera máquina con sonido en el Teatro Luis de Rivera. Técnicamente aún no estaba preparado para esto, era todo un poco simple pero conseguía tener una sala de cine como tal”, cuenta el investigador. Este fue el auténtico embrión de la tradición. En una localidad donde la población rondaba los 8.000 habitantes – “unos 10.000 como mucho”- y esta actividad era la única distracción, el público comenzó a consumir cine como hábito diario. Un hecho en el que mucho tuvo que ver el sistema de comercialización de aquellos entonces. “Las distribuidoras vendían o alquilaban los derechos de exhibición de lotes cerrados de películas. Estaban las cabeceras, que eran las películas más importantes; las de serie A; y las de serie B, que eran películas más corrientes”, describe Berrocal. “El exhibidor de cine tenía que utilizar este material para poner cine toda la semana. Por eso había cine a diario”.

Y diferentes sesiones en distintas salas de cada cine. Así, en la década de los setenta, la oferta del Teatro Luis Rivera convivía con la de la Plaza de Toros convertida en cine de verano, el Real Cinema y su espacio de verano. “Es la magia del cine o la pasión que podían tener los propios exhibidores, saber cómo distribuir las películas y cómo llegar a la gente”.

Fachada del Cine-Teatro Luis Rivera.

El declive de la tradición

Berrocal es crítico con la comercialización y distribución actual del cine. Asegura que el sistema empleado en la segunda mitad del siglo XX permitía la subsistencia. Y reclutar al público, que “como iba al cine, se creaba esa unión entre los gustos del exhibidor y el de la propia gente”, asevera. Para ello se programaban dos sesiones diarias y cuatro los fines de semana. Al mediodía era el horario infantil, con una película para todos los públicos, mientras que a las 18 horas asistían los adolescentes y a las 20 horas las parejas. El horario de las 22 horas se reservaba para los matrimonios. Y “como había muchas películas se complacía a todo el mundo. Era un mundo de entusiasmo”.

Un efecto de fidelidad que también se conseguía a través de la publicidad, que se distribuía por diferentes puntos de la localidad logrando que los vecinos estuvieran más en contacto con el espectáculo. “Lo vivían más de cerca y se interesaban más por él”.

Pero sin duda, si algo anota como homicida del cine, es la creación de nuevas cadenas de televisión y la invención del video y sus videocasetes, algo que “el público entendió como que podían ver el cine en casa y restó mucha afluencia a las salas”. También el sistema de contratación de material, que se regía por la ley de cuota de pantalla: “por tantas películas extranjeras, había que poner una película española”. Una medida que, según cuenta el investigador, llevó aún más al declive de las salas en pequeñas poblaciones, que, además, tenían que aguardar a que un estreno rodase por las urbes de mayor afluencia. “Eso para mí fue lo que realmente echó el cine fuera,” -declara- “la competitividad que tenía el propio cine, tener que esperar seis meses para proyectar una película que ya se consideraba antigua”.

VideoCine. Videoclub con pequeña sala de visionado de películas (1994-2000)

“El inicio de la recuperación”

La última sala en apagar su proyector fue el Real Cinema, allá por el 1990. A pesar de que abrió a finales de la década con el nuevo sistema de contratación, que permite comprar y exhibir títulos concretos, no permaneció más de dos años funcionando. “Ya se había perdido un poco el encanto de ir al cine que había en Valencia por el tiempo que había estado sin ninguna sala”, lamenta Berrocal.

Pero esto no fue motivo para que los amantes del cine continuasen luchando por revivir esa edad dorada que vivió esta localidad rayana en los setenta. El primero, Berrocal. “Cuando abrí mi tienda tuve un videoclub, y una de las cosas que a mí más me gusta es transmitir la magia del cine. Por eso preparé y ambienté una zona pequeñita como si fuese un cine”, relata. Habla del VideoCine, un espacio que estuvo abierto del 94 al año 2000. Los niños que asistían seguían rigurosamente el protocolo de ir a cualquier sala de cine. “Compraban su entrada, esperaban haciendo cola, sonaba el timbre, entrabas a la sala y se apagaban las luces para ver la película. La idea o el recuerdo que te dejaba era haber vivido el cine solo que en una pantalla de televisión de 45 pulgadas”. 

VideoCine, cola para un pase infantil.

El cinéfilo se emociona al recordar cómo al escuchar el sonido envolvente del inicio de la película, y en altos decibelios, muchos salían corriendo. “No habían estado nunca en una sala de cine”, dice. “Aún lo recuerdo y me emociona”.

En esta línea, el cinéfilo también habla de Periferias, el Festival Internacional de Cine de Marvão y Valencia de Alcántara. “Me parece maravilloso”, califica mientras aplaude cómo consiguen llevar el cine a sitios atípicos y extraordinarios y, especialmente, cómo lo hacen. “Saben programar y saben transmitir el cariño que supone el cine con tal entusiasmo que se acercan al público. No es la película, es la forma de poner la película”, apunta. “Es el inicio de la recuperación”.

Sobre el autor

Esmeralda Torres

Periodista, extremeña. Amante de lo rural y de las historias callejeras.

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