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Los cabezones de Manolo, el combustible de La Mascarrá

Los cabezones de Manolo, el combustible de La Mascarrá

LOS SANVICENTEÑOS AÚN RECUERDAN LOS MUÑECOS QUE CONFECCIONABA EL ARTESANO

Como una exposición de creatividad y vehemencia a la fiesta. Éste es el motivo que llevó a Manuel Cordovilla a elaborar unos muñecos gigantescos que cada 21 de enero prendían en las hogueras de San Vicente. Fue a principios de la década de los setenta y, a pesar de que esta tradición se haya perdido en el tiempo, su recuerdo perdura como un auténtico emblema de La Mascarrá

“Como había una tradición relacionada con el fuego, él quiso darle un toque artístico e imitar las fallas de Valencia”, relata Petri Cordovilla, una de las hijas de Manolo, como todos le llaman. Le ayudó su vocación de artesano, la misma que le lleva a extrañarlos en cada momento fugaz en el que recuerda su audacia. “El primero podía ser del 74 o del 75. Era un cabezón en toda regla que vestía un trapo hecho de papel pintado”, recuerda ocurrente. Y que tímidamente podría anunciar la fama y popularidad que cobrarían sus muñecos. “Con el paso de los años consiguió que la gente se agolpara justo aquí” – subraya mientras señala la puerta de su agencia de viajes, antiguo taller de estos peleles – “nada más acabar la procesión, expectante por ver qué sacaría ese año”. El brillo de los ojos se apodera de la mirada de su sucesora. “Y a él le encantaba. Disfrutaba con ello”.

Carpintero de profesión, Manuel comenzaba a madurar la idea que se quemaría en los fuegos de San Vicente Mártir allá por diciembre. “Una vez que la tenía se dedicaba a la estructura, una osamenta en forma de cruz y a partir de madera,” – describe la mujer – “y desde donde tomaba forma el muñeco”. El interior, para que prendiese con ganas, se rellenaba de serrín. “De bastante serrín”, y es que la altura de estos personajes alcanzaban los tres metros. “Lo más complicado para él era moldearlo en esta sala”. 

Una tradición extraviada

Petri no recuerda el año exacto en el que la madera se dejó de tallar en la factoría de Manuel. “Los últimos años ya le costaba, le daba pereza”, anota. “Mi madre siempre le decía que lo dejase ya, que ya estaba mayor para eso y que era una pérdida de dinero. Pero él disfrutaba como nadie”. Y desde entonces, nadie le tomó el relevo. Aunque nadie entiende por qué. Era un aliciente más para la fiesta, que invitaba desde a los personajes infantiles más emblemáticos, como Mickey Mouse y el Pato Donald, hasta los populares más dicharacheros, como Doña Rogelia o el olímpico Curro. 

Entre las obras que más se recuerdan en la memoria de los sanvicenteños, está la inspirada en el cantante Leonardo Dantés. “Era una época en la que el solía llevar el pelo rizado, así como a lo afro, y hasta le pusieron un peluca al muñeco”, recuerda entre carcajadas. Una emoción de la que se contagió el mismísimo Dantés, que hizo las veces de asesor de su propia imagen. “Incluso le dejó una chaqueta”. Aunque sin duda alguna, el que dejó anécdotas fue el cabezón de Guardia Civil. La mujer relata como a finales de los setenta – “ese año pudo ser el 76”, cuando la mente social se liberalizaba -, en casa de los Cordobilla se vivió un momento agridulce. “Hizo un guardia que colgaba un cartel diciendo Soy fulanito y me queman esta tarde, y cuando pasó la benemérita y lo vieron se montó una tremenda”, confiesa. “Fueron a mi casa con la intención de llevarse a mi padre a la cárcel y hubo que cambiarle el cartel por una escopeta y el tricornio por una gorra para convertirlo en forestal”. 

Petri toma aire y continúa. Sabe que aunque ahora se rían con ese recuerdo fue un momento muy duro. “No entendían que era un homenaje”, recalca mientras vuelve a citar como ejemplo las fiestas valencianas. Un homenaje a personajes y personalidades que fueron, casi sin querer, el combustible de La Mascarrá.

Sobre el autor

Esmeralda Torres

Periodista, extremeña. Amante de lo rural y de las historias callejeras.

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